El Imperio Romano de Occidente no cayó de un día para otro. Un día cerraba una taberna en Roma, otro un teatro en Nîmes.
En la última madrugada del 2025 se ha servido la última copa en la barra de madera tallada de El Parlamento. “Última tarde” me escribieron algunos amigos. La noticia que, aunque sin fecha, venía advertida ya unos meses, no deja de doler. Y es que no la queríamos terminar de creer. Las cosas duelen porque nos hacen sentir un cierto vacío cuando intuyes que no las vas a disfrutar más. Me pilla lejos, a cientos de kilómetros de Murcia. Todavía la pena es mayor. Con esa sensación de no poder llegar al velatorio de un ser querido. “Última tarde de El Parlamento” releía el mensaje. Con esa culpabilidad ingenua del que piensa que podría haberlo evitado de haber estado allí.
El Parlamento era uno de los últimos hilos que unía la histórica frágil relación de Murcia con la occidentalidad. Solo podía imaginar cerrar por última vez la verja de la terracilla con una escuadra de gaiteros tocando Auld Lang Syne. Ya no podemos pretender que nuestros hijos sepan lo que fue.

Empecé a ir a El Parlamento demasiado joven para ir a El Parlamento. “¡Pero si ahí no hay música!”, nos decían algunos cuando bajábamos las escalinatas para buscar a los padres de mis amigos Tomases. Íbamos a oírles historias de profesionales, cotilleos de la ciudad… y a que nos convidaran a algún chorro, todo sea dicho.
Las primeras veces se entra allí con esa sensación de intruso del que no se reconoce en un sitio. Es como la primera boda en la que te sientan en la mesa de los mayores. Como el soldado al que, de repente, le dejan entrar al Club de Oficiales. Tú sabes quién es José Luis Morga, pero Morga no sabe quién eres tú. Los últimos años, sin embargo, los mejores. Cuando primas la calidad frente a la cantidad. Cuando ya Pedro te extiende la mano “¡Hombre Tocayo!”, o te recibe Juan Antonio: “¡Buenas tardes, señor!”
Hace muchos años participé allí en una conspiración (fallida) para asaltar la directiva sardinera. Sentí esa reunión como un rito iniciático. Ya tenía murcianidad de pleno derecho. Y es que a El Parlamento se iba a hacer conspiraciones secretísimas a la vista de todo el mundo, que ya sabía que estabas conspirando.
Conspiraciones políticas, que hasta cambios de gobierno se han urdido. Pero también cierres de tratos, compras y ventas. El pisar esa moqueta era sentir la intrahistoria de la ciudad bajo tus pies. Pero también interminables sobremesas de amigos, sin más objetivo que hablar y hablar. O solo por tomar un trago de categoría, el gintonic con olor a limón verde de Beniaján, o el mejor café irlandés al sur del canal de La Mancha.
No sé qué pensaría la murcianidad cuando cerró el Olimpia o el Bar Santos, porque no lo viví. Pero sé que los que padecemos ahora aquí quedamos desnortados. Huérfanos de sobremesa. De la copa de calidad. Artistas, políticos, bohemios, taurinos, futboleros, nazarenos, fumadores, pensionistas, escritores, empresarios, periodistas, empleados, visitantes, médicos, casados, amantes… murcianos todos. “¿Dónde vamos ahora?”, rezarán los fieles por las esquinas. Cerró la verja sin Auld Lang Syne y sin escuadra de gaiteros. ¿Hay vida después de El Parlamento? Sí, hubo vida después de la caída de las Termas de Caracalla. Pero ya no fue la misma…
El Parlamento
El Imperio Romano de Occidente no cayó de un día para otro. Un día cerraba…
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