La nueva vida de ‘El Parlamento Bar’

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Ángel Caravaca y Paco Cobacho reabren uno de los locales más emblemáticos de Murcia, que inicia etapa sin su mítica sala de fumadores

El Parlamento Bar nunca ha sido un bar cualquiera. Este jueves por la tarde, tras tres meses cerrado por reformas, el emblemático local reabrió sus puertas con una nueva propiedad y con una expectación difícil de disimular. Fueron muchos los habituales que se acercaron para comprobar de primera mano qué había cambiado y qué seguía intacto en este establecimiento ligado a la memoria colectiva del ocio en Murcia que, durante décadas, ha funcionado como punto de encuentro de periodistas, empresarios, políticos y clientes fieles de varias generaciones. No en vano, El Parlamento ha representado durante más de medio siglo una manera muy concreta de entender la hostelería: pausada, elegante y profundamente ligada a la conversación, a los encuentros y a cierta vida social murciana selecta.

Tras el cierre provocado por la jubilación de sus anteriores responsables, Pedro y José Antonio, comienza ahora una nueva etapa de la mano de Ángel Caravaca y Paco Cobacho, que asumen el reto de mantener viva la esencia de un establecimiento tan simbólico. Lo hacen con una reforma contenida, algunos ajustes y una decisión que marca el inicio de esta nueva era: El Parlamento Bar reabre sin su histórica sala de fumadores. Una novedad importante en un espacio donde cada detalle parece formar parte de la vida de sus clientes, lo que hacía inevitables las comparaciones y las miradas minuciosas al nuevo aspecto del local.

Sus nuevos responsables son conscientes del peso simbólico del lugar, pero también de la necesidad de adaptarlo a otros tiempos y nuevas formas de ocio. “Me gusta mucho Murcia, soy muy murciano, y cuando veo algo que se desvanece me gusta conservarlo. Para mí El Parlamento es un símbolo, siempre me ha gustado venir, tomarme mi gin&tonic, pero quiero también transformarlo, hacer otras cosas”, explica Ángel Caravaca, uno de los nuevos dueños. “Es un sitio que todo el mundo asocia a una copa, a un lugar tranquilo y a un sitio en el que está a gusto”, resume Paco Cobacho. “Estamos trabajando para que esa esencia se pueda mantener”.

Ángel Caravaca, Su hijo, Pablo, y Paco Cobacho, durante la inauguración este jueves.

La intención, según detallan, pasa por abrir el local a nuevas propuestas como el billar, la coctelería, los monólogos o distintas iniciativas culturales, dentro de un proyecto concebido a medio plazo. “Nosotros vamos a evolucionar con El Parlamento. Somos perfeccionistas, pero también pedimos un poco de paciencia a los clientes. Para mí es como una segunda casa y quiero que venga la gente y se sienta así. Que sigan viniendo los de antes y también gente nueva”, añade.

La historia de esta nueva etapa no es una operación empresarial fría ni una compra oportunista. Los nuevos propietarios ya formaban parte de la vida del local. Lo conocían como clientes, como habituales, como gente que entendía bien lo que ese espacio representa para Murcia.

La chispa la prendió Ángel Caravaca, cliente veterano de la casa y figura clave en el proyecto. “Una noche me llamó y me dijo que se iba a quedar con El Parlamento”, recuerda Cobacho. “A la mañana siguiente le llamé y le dije: ‘¿Me quieres como socio?’”.

A partir de ahí, todo se aceleró. En apenas unas semanas, el proyecto pasó de ser una idea compartida a una reapertura real, marcada además por un calendario casi temerario: llegar a tiempo para abrir antes de la gran ebullición festiva de la ciudad.

Adiós al club de fumadores

No todos los relevos necesitan una ruptura. En el caso de El Parlamento, el reto era bastante más delicado: tocar lo justo y entender qué partes del alma del local debían seguir intactas. Para ello han contado con el asesoramiento inestimable de Pedro y Juan Antonio, que les han mostrado las entrañas del negocio y compartido los secretos de la copa perfecta.

De todos los cambios que trae esta nueva etapa, hay uno que inevitablemente concentra parte de la conversación: la desaparición del histórico club de fumadores. Durante años, ese espacio fue uno de los rasgos más distintivos de El Parlamento, casi una reliquia de otra época, tan ligada al imaginario del local como sus copas o su clientela pausada. Ahora desaparece. Algo que para algunos es imperdonable, pero que los nuevos dueños tenían claro desde el principio: evolucionar o morir.

“Lo eliminamos por una cuestión normativa y también por los propios trabajadores”, explica Cobacho. “Ahora habrá personal asalariado trabajando allí y eso complicaba mucho la situación. Y además la sociedad ha cambiado: hoy se entiende que se fuma en las terrazas, no dentro de espacios cerrados”.

La eliminación de la antigua zona de fumadores ha permitido abrir visualmente la sala, que ahora se percibe más amplia y más limpia. También se ha renovado por completo la moqueta, se ha mejorado la iluminación y se ha reformado la sala privada, que mantiene su función pero con una estética más actual y más amable.

“Se mantiene la estética inglesa, que para mí es preciosa”, subraya Paco. “Lo que hemos hecho ha sido introducir mejoras”.

Las mesas del interior se conservan, las de la terraza sí se renuevan, y el resultado general busca algo bastante sensato: que el cliente note que el local está mejor, no que sienta que ha entrado en otro distinto.

En ese equilibrio entre continuidad y actualización se juega casi todo. Porque el verdadero desafío no consiste en hacer un local nuevo, sino en lograr que el cliente de siempre no sienta que ha perdido su sitio. Que entre, mire alrededor y, pese a los cambios, reconozca lo esencial.

Responsabilidad hay, evidentemente”, admite Paco. “Es muy difícil que en un día o en dos puedas mantener exactamente igual lo que otras personas han hecho durante 50 años. Eso es imposible. Pero sí podemos acercarnos a esos estándares de calidad”.

La copa de siempre

En una ciudad con tanta vida hostelera como Murcia, los locales verdaderamente reconocibles suelen tener algo en común: no se recuerdan solo por su estética o por su ubicación, sino por lo que sirven y cómo lo sirven. En el caso de El Parlamento, buena parte de su prestigio se ha sostenido siempre sobre una premisa sencilla y cada vez más escasa: aquí se ha sabido poner una copa. Ese capital simbólico, por supuesto, no se toca.

“Hemos mantenido todos los whiskys, ginebras, vodkas… todo lo que ya había”, explica Ángel. “La carta era tan extensa que realmente no tenía sentido cambiar demasiado”.

La base líquida del local se mantiene casi intacta, pero sí se introducen algunos matices que buscan ampliar el rango sin traicionar la esencia. Se suman ciertos vinos blancos, champagne, algunas referencias internacionales y una pequeña carta de cócteles clásicos que irá creciendo poco a poco.

Porque si hay una obsesión clara en esta nueva etapa, esa es la de la continuidad gustativa. Que el cliente vuelva y sienta que lo que estaba bien, sigue estando bien. “Lo más importante es que ese primer sorbo sepa igual que siempre”, insiste.

Algo para picar, pero sin perder el norte

También habrá una pequeña propuesta para acompañar la bebida. Algo ligero, sencillo y pensado para completar la experiencia sin invadirla. “Vamos a incorporar alguna cosa, pero muy sencilla y muy fría”, explica Paco. “No es el objetivo principal, porque el local es conocido por otra cosa”.

Si algo define a El Parlamento Bar, más allá de su carta o de su historia, es la sensación de confort que produce. Es uno de esos lugares en los que uno puede quedarse. Un sitio en el que la conversación sigue siendo posible y en el que la música, la iluminación y el ritmo del servicio no parecen pensados para expulsarte discretamente al cabo de una hora.

“Es un sitio muy cómodo”, resume Ángel. “Hay muchos lugares donde sales a tomar algo y es complicado hablar o estar tranquilo. Aquí queremos mantener justo eso”.

Habrá momentos puntuales en los que se adaptará al pulso festivo de Murcia y también estudian la posibilidad de acoger pequeños eventos culturales o musicales. También van a incorporar una pequeña zona artística con obras rotativas de la Galería Babel, una decisión que no solo embellece el espacio, sino que conecta bien con la vocación de El Parlamento como lugar de conversación, reunión y cierta vida cultural.

La nueva vida de El Parlamento Bar arranca, además, en el momento más murciano posible: a las puertas de Semana Santa y Fiestas de Primavera, cuando el centro se llena, el buen tiempo se instala y la ciudad recupera ese viejo instinto de vivir hacia fuera.

Abrir ahora es, en cierto modo, abrir con viento a favor. También con una exigencia mayor, porque el regreso no pasará desapercibido. Habrá curiosidad, nostalgia y, seguramente, mucha visita de reencuentro.


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