PEDRO CABALLERO​

Pulpo al horno

Pelando la pava

Picture of Redacción 'The Gastro Times'

Inmersos en ese periodo frenético, con el ansia en el aire de qué días fuertes vienen. Días que luego pasan como un suspiro. Casi vivimos mejor la previa. No hay una fecha en el calendario para agendar una comida. No hay un sitio en un parking. Se acaba el mundo. Hay que comer sí o sí.

-¿Y si lo dejamos para después de Reyes?

-Noooo…

Tiene que ser ya.

Es el periodo “entre pavos”. Anteriormente conocido como adviento, luego desconocido y ahora conocido como adviento, de nuevo, gracias a los calendarios del mismo nombre que puedes comprar y cada día abrir una ventanita y consumir algo (comestible, bebible o untable sobre la dermis).

Lo llamo entre pavos porque, aun sin darnos cuenta, hace años que estamos celebrando la yanquifiesta del cuarto jueves de noviembre, Acción de Gracias, vamos. Bueno, en realidad celebramos su secuela consumista del día después. Pero, de una forma o de otra, hemos adaptado la tradición.

Pocas imágenes más bucólicas y que estimulen más la secreción de las glándulas parótidas que un gran pavo doradito reinando en una mesa familiar, rodeado de patatitas redondas y verduritas al dente. Esa imagen, que asociamos a la Navidad, es casi más propia de esa festividad norteamericana de noviembre. Acción de gracias, ahí se mataba el pavo. Pero sí, también es típico zamparlo en la Natividad de Jesús. Con lo cual estas semanas son “entre pavos”.

Aunque la asociación con la cultura anglosajona es inevitable, ya que la sabrosa estampa nos ha sido inoculada a través del cine, poner un ceremonioso pavo a la mesa viene de otras culturas. Y es que un anglosajón no había visto un pavo hasta que los españoles, como tantas cosas, los trajeran de América. Los indios lo usaban como fuente de proteínas por su carne y sus huevos y aprovechaban también sus plumas como adorno. Incluso tenía connotaciones divinas, ya que los aztecas lo asociaban a su dios Tezcatlipoca.

En nuestras tierras caló bien el ave y no imaginamos un otoño sin que se estén engordando pavas negras para ser consumidas en estas fechas. Yo se la encargo a Bartolo, uno de los mejores carniceros que han visto los tiempos, que no sé de dónde la saca, pero la bicha alcanza unos cuantos kilos de carne que me prepara para diversos vuelcos: que si pelotas para el cocido navideño, que si troceado para un arroz… una carne negra que pasaría por cordero y una grasa que lo hace muy jugoso.

Tan arraigado está en nuestra zona que el pintor Obdulio Miralles retrató, como alegoría de la estación del año, a una murciana de campo criando pavos. Estampa costumbrista, con una mujer (parecida a mi amiga Paloma, genial yeclana), que con otros tres ejemplos de murcianas viste una pared de la sala de esgrima del Real Casino de Murcia.

Es decir, que al final el pavo es muy nuestro y da juego incluso al lenguaje, y que todavía hay quien se pavonea de haber estado pelando la pava, aunque ya no esté en la edad del pavo.

Solo me queda felicitarles estas fiestas y desearles que se rodeen de seres queridos y que tengan momentos de felicidad, que no es moco de pavo.

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