Hace unos días tuve la fortuna de compartir un aperitivo con mis amigos Claudio y Modesto en el ‘Bolos Club’, después de terminar el hermanamiento entre los bolos huertanos y cartageneros.
Claudio nos contó una historia sobre un vuelo Helsinki-Toronto que transportaba a 400 pasajeros y que solo tenía 200 almuerzos. La aerolínea cometió un error y la tripulación se encontró con una situación difícil. Sin embargo, una azafata inteligente tuvo una idea. Unos 30 minutos después del despegue anunció: «Damas y caballeros, no sabemos cómo ha podido pasar esto, pero tenemos 400 pasajeros a bordo y solo 200 almuerzos. Cualquiera que sea lo suficientemente amable como para renunciar a la comida para otra persona recibirá una cantidad ilimitada de vino gratis durante todo el vuelo».
Su siguiente anuncio se produjo seis horas después: «Damas y caballeros, si alguien quiere cambiar de opinión, ¡aún tenemos 200 almuerzos disponibles!». La moraleja de esta historia aeronáutica es: ¡Los bebedores de vino tienen un alma muy grande y amable!
Tras el comentario de la prioridad del vino sobre la comida en el interior del avión en un largo viaje, José – alma del ‘Bolos Club’ – nos recomendó tomar un vino Lleiroso Reserva, 100% tempranillo. Crianza de quince meses en barricas nuevas de roble francés. De un color rubí profundo con ribete caoba. En boca es amplio, sedoso, redondo y con un largo postgusto. Maridó a las mil maravillas con unas alcachofas con lascas de ibérico. Continuamos con una tortilla de chanquete finísima y sabrosísima para terminar con unos tomates raf con anchoas y boquerones elaborados en sus cocinas, regados con un aceite de oliva que dejó fondo en el plato para rebañar unas buenas sopas de pan de masa madre.
Modesto, buen conocedor de los vinos de la Ribera, recitó en voz alta: «Según voy completando el recorrido, el que nace allí en la cumbre y se tiende junto a ti, voy dejando algo de mí en cada recodo, en cada meandro. Mis aguas plateadas, a las que cantó el poeta, te ayudan a crecer y hacerte eterno, grano de uva, en el espíritu de todos los que buscan tu plenitud tras el reposo. Soy el río Duero, donde nace el vino».
En la ‘Milla de Oro’ de la Denominación de Origen Ribera del Duero, existe un extraordinario patrimonio paisajístico, histórico, artístico y vitivinícola, que quien lo visita lo disfruta intensamente. La tradición bodeguera y el gusto por el arte hacen que las bodegas de la zona sean verdaderas obras de arte para visitar, disfrutando de la historia y de los singulares detalles de las mismas. Conocer el proceso de elaboración del vino, recorriendo sus pormenores. Bodegas rodeadas de agua, viñedos, flores, sol y aire puro, lugares idóneos para alcanzar la ‘desconexión’. En los márgenes del Duero vallisoletano existen 26 bodegas que se sitúan en sus 15 kilómetros de extensión, desde el pueblo de Peñafiel hasta Tudela del Duero.
No existe buena bodega de un restaurante que no cuente con un ‘sommelier’. Este término tiene origen francés y originariamente se refería a la persona que probaba el vino antes de que lo hiciera el rey. En castellano es conocido como ‘sumiller’ y posee un amplio conocimiento sobre la geografía vitivinícola, el proceso de cosecha, crianza y la industria del vino, al igual que los aspectos legales de las denominaciones de origen. Además de ser conocedor de las calificaciones de los vinos en los rankings y revistas especializadas, su función clave es recomendar y maridar los vinos con los platos que se ofrecen en los restaurantes. Tener la capacidad de identificar sabores y aromas para encontrar el maridaje perfecto que realice la experiencia gastronómica.
Termino este paseo por el mundo del vino, las bodegas y sus profesionales con una frase muy vinculada con la totalidad de ello: «El vino por el color, el pan por el olor y, todo, por el sabor».