RAMÓN AVILÉS

Gastrocine

Dorayakis rellenos de pequeñas cosas

Redacción 'The Gastro Times'

Cuando descubrí en Netflix “Una pastelería en Tokio” (2015) sentí curiosidad por descubrir cuánto de golosos son los japoneses y con qué calman su antojo de azúcar. Tenía claro que la película no mostraría ni cuernos de merengue ni tocinos de cielo ni palmeras de chocolate, pero me esperaba imágenes llenas de pequeñas piezas ordenadas con armonía en expositores inmaculados.

No cuenta eso la película de la cineasta japonesa Naomi Kawase. Es la historia de Sentaro, un tipo serio que regenta un pequeño negocio donde elabora a diario dorayakis, esos dulces esponjosos de forma redondeada que podemos encontrar en tiendas de chuches en su versión industrial. Su vida de rutinas, que pasa por elaborar la masa que luego pasa a la plancha, sólo se rompe con las visitas de una escolar de aire solitario y, sobre todo, con la aparición de una amable anciana que se ofrece a trabajar con él.

Tokue elabora el “anko”, una pasta de judías para rellenar los dorayakis como si estuviera cuidando un bebé, con una delicadeza y un cariño que se traslada luego a cada bocado. El filme burbujea lentamente, como lo hacen esas legumbres oscuras que hechizan a los clientes y cuyo aroma impregna cada secuencia.    

El personaje de la anciana es la piedra angular de la historia. Seguro que el lector recordará “El último samurai” y la relación especial entre Katsumoto y Algren, que surge a pesar del choque cultural entre ambos. Una de sus conversaciones gira en torno a la perfección de los cerezos en flor, una imagen que la acompaña incluso cuando agoniza en el campo de batalla. “Perfect, they are all perfect” dice mientras suenan los acordes de la bellísima banda sonora de Hans Zimmer.

Me acordé de ese elemento tan propio de la cultura nipona cuando Tokue mostraba la misma atracción que el samurai por las flores de los cerezos que hay junto al puesto de dorayakis o cuando sonríe mientras contempla el vuelo de los pájaros. Y es que, ¿no es en las pequeñas cosas, en los detalles que hacemos insignificantes o en los sentimientos que nos inspiran las personas donde encontramos la paz?

En consonancia, el Tokio que aparece en pantalla no es el de las luces de neón y la tecnología punta; tampoco el de los pasos de cebra abarrotados de peatones con prisa. Es el Tokio más humano en el que conviven el solitario, el marginado o el repudiado por la sociedad hasta que, al cruzar sus caminos, encuentran una razón para seguir adelante.  

“Una pastelería en Tokio” es una película de sentimientos y emociones. De la esencia de la naturaleza, que impregna la flor del cerezo y el vuelo de un pájaro y es capaz de reconfortar al alma que sufre.

Es la historia de un hombre, una anciana y una niña en la que cada uno de ellos da sentido a la vida de los demás. 

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